Showing posts with label cuentos. Show all posts
Showing posts with label cuentos. Show all posts

El Escritor y Su Musa.



Si Platón viviera en la actualidad, cambiaría sus definiciones.
Carlos Zaldívar

Seis de la mañana y el despertador no había sonado. A Mauricio se le había olvidado ponerlo la noche anterior. Trabajaba como capturista en una oficina de gobierno, de esas en las que antes de atenderte, primero desayunaba su tamal, el atole y leía “el financiero”.
A las ocho de la mañana debía estar ya sentado en su lugar, capturando las fichas de pago de los contribuyentes, pero eso sí, llegaba unos quince minutos antes para ver su perfil en la “red social”, y a veces era mucho tiempo; apenas tenía 11 amistades y no tenía mucho que leer.
Otras veces se tardaba, porque a Mau, le encantaba escribir, aunque fueran puras “pendejadas”… pero le fascinaba, e igualmente, casi no lo leían.

Empezaba el invierno, y el sol se iba a dormir más temprano. El nacimiento de la noche comenzaba.
Vivía solo por el sur de la ciudad y su trabajo quedaba al otro extremo de la misma. Invertía el tiempo en el transporte para leer, leer y releer a los clásicos.
Sabía que al llegar a su rutina, guardaría los libros, ingresaba a su red social, leía incoherencias, se embutía su desayuno y a las ocho de la mañana estaba atendiendo a los contribuyentes.

La tecnología alcanzó a Mau y finalmente, con su primer aguinaldo, logró comprarse un teléfono móvil con acceso a la Internet, y más feliz… porque tenía acceso a su red social.
Parte de la rutina era leer, escribir, leer y escribir y leer…

Pasaba el tiempo como si la rutina fuera parte de su reloj. Tic – tac y todo seguía igual.
Y llegaba la primavera y nada cambiaba la rutina de Mau, exceptuando las decenas de post que escribía en su perfil de la red social y que apenas a una o a dos personas “les gustaba”. Ni más, ni menos.
Cierto día, por la mañana al encender la computadora, leyó el mensaje “hola”.
Curioso, porque todo el día se la pasó pensando en ese saludo, porque el remitente era “anónimo”, o por lo menos eso era lo que leía.
¿Se podrá dar de alta alguien como “anónimo”?
Al día siguiente, animado y con un sentimiento de asombro, llegó mucho antes al trabajo, el reloj apenas marcaría las siete con treinta minutos.
Encendió la computadora.
Segundos más tarde leía: “Me gustó tu comentario. Anónimo”.
- ¡Caray! – expresó. ¿Y si no fuera anónimo y fuera anónima? Así que ¡presto! Y a escribir más. Esta ocasión plasmó sus ideas de una manera interrogativa: ¿Quién eres? ¿En dónde estás? ¿Cómo sabes de mí?
Al final del día, apagó la computadora, y no hubo respuesta.
Esta sensación de querer saber quién es anónimo o anónima lo estaba desequilibrando mentalmente, pero al mismo tiempo sentía ganas de escribir más.

El siguiente mensaje fue a los dos días, con una pequeña historia de anónimo, sobre Mau. El fondo de la misma era sobre la búsqueda de algo perdido, en una jungla y la metáfora era sobre el amor ¿platónico de Mau.
¿Había sido coincidencia? ¿Cómo carajos sabría anónimo del amor platónico de él?
Fue como una puñalada directa al alma.
Pasó una semana. El buen Mau seguía metido en su rutina, bueno, iniciándola media hora antes de lo normal, para escribir y volver a escribir.
El destinatario ahora era ese perfil bajo el nombre de anónimo.
Seguía estupefacto, pero, ¿Acaso no sería una casualidad? Y seguramente, lo estaba tomando como una causalidad. ¡Era imposible saberlo!
Durante más de una semana seguía pensando, y el meollo de la situación es que quedó enganchado con ese perfil en la Internet. Pensaba exactamente como en su época en la secundaria.

En aquella época, si hoy lo era, antes era mucho más tímido e introvertido; de hecho cuando su mejor amigo supo que tenía un amor platónico en ese grado… fue hasta la universidad.
Fue reservado con todos, tanto que difícilmente mostraba sus emociones. Es más, de hecho en esa etapa académica en que “todos los alumnos son ñoños”, no había tecnología como en la actualidad; caso contrario, se le hubiera quitado lo tímido.
Todas las mañanas llegaba temprano al salón de clases, no para tomarlas, sino para ver llegar a su personaje favorito, a su dama amada y a su musa para estudiar.
Así la consideraba. No había tareas o exámenes en que inconscientemente se viera inmiscuida en la vida de Mau, y que fuera su inspiración durante dos años y obtuviera excelentes calificaciones.
De hecho, ese amor platónico no estaba en la lista de su grupo, era un poco menor que él, pero la había visto muy seguido, y es que a raíz de ese sentimiento propio y oculto supo que la casa de ella era aledaña a la suya.
Todas las mañanas después de levantarse se asomaba por la ventana, y a unas pocas cuadras, muy a lo lejos se podía observar su casa, de tres niveles, con la luz de una recámara pequeña encendida. Él sabía que se estaba levantando.
Llegando a la escuela, rodeaba la entrada principal por el lado derecho para poder pasar por los salones del grado anterior al de él, y volver a verla.
Sabía que algún día tenía que saludarla o por lo menos lograr que ella lo viera.
Pero ese día no llegaba.
Por las tardes, Mauricio salía en la bicicleta a pasear, no sin antes pasar por esa casa y de regreso… la misma ruta.
Soñaba, y soñaba mucho, pero más que nada, soñaba con ser escritor y poder dedicar su vida a ese amor platónico mediante miles y miles de palabras halagadoras.
Ese día tampoco llegaba.
Era como una rutina diferente cada día, escuela, casa, escuela y muchos sueños.
Había quedado enganchado con esa niña de cabello largo, hermosa o no, pero para él SÍ, delgada y un rostro de tanta ternura que hasta se imaginaba tocándola con exagerado cuidado.
Pantalón largo escolar y blusa holgada. La mirada salía de unos ojos bellísimos y profundos donde se veía la claridad del mar durante el día y el bosque caluroso y verde durante antes del anochecer. Todas esas descripciones las traía en mente cada día de esa etapa, junto a su mochila y el balón de fútbol.
Escuchaba mucho al grupo Foreigner y sus baladas románticas, de las cuales hoy rara vez las escuchaba en esos LP’s.
Todos los días de los dos últimos grados de secundaria se fueron así, y al final, logró graduarse con honores e ingresar a la preparatoria… con el mismo recuerdo.
No volvió a verla, ni en la universidad. Pero en ésta logró tomar un curso de “Análisis Literarios”, el cual abortó a los seis meses, pues de hecho las reglas y la teoría nunca se llevaron con Mau. Él quería escribir sin ton ni son, y escribirle a ella… a ese recuerdo.
Deseaba hacerlo constantemente y sin parar… siempre escribir diferente, contando viejas anécdotas y nuevos episodios de su vida, como si ella fuera su mejor amiga, su confidente.
Cada vez que la recordaba, de la misma manera, cerraba los ojos por unos cinco segundos y lentamente sentía que una lágrima resbalaba por su mejilla derecha…
Ni una palabra salía de su boca, tan sólo un suspiro.

¡Ring! Seis de la mañana en punto y el despertador levantó a Mauricio de un sueño delicioso y exquisito y maldiciendo al aparato porque un pudo ver el final. Pero se propuso escribirlo en cuanto llegara al trabajo.
Así que se apuró un poco más de lo normal y en la oficina estaba registrándose en punto de las siete horas con diez minutos.
Apresuró el paso, llegó a su computadora, la encendió y ¡Madres! Ahí estaba un “post” de “anónima”. De hecho ya había deducido que era femenino el personaje de ese perfil y por la manera de escribir.
Estaba totalmente enganchado, que no podía parar de leer y de escribir.
La rutina era diferente cada día, no porque leyera ni escribiera todos los días, pero hacerlo y leer y escribir cosas diferentes, hacía que no existiera rutina.
Mau estaba absorto en la computadora por mucho tiempo, y en la hora del almuerzo, la comida y la merienda, estaba de igual manera inmerso en el móvil.
¿Cómo pudo engancharse con alguien a quien no conoce? Raro, extraño pero esta es la historia de Mauricio.
Ha pasado mucho tiempo, y aquella experiencia nunca la olvida, porque en ocasiones seguidas sigue pensando en ella, en la misma mirada y al mismo tiempo lo plasma en lo que escribe.
¿Qué habrá sido de ella? ¿En qué lugar vive? Sólo los recuerdos son bellos y ahí, en el corazón… perdurarán.
Al anochecer se despedía de “anónima” con un simple post: “hasta mañana.”
Este tipo de “conversaciones” hacía que se enganchara más con la computadora, no era una persona real, es más… posiblemente ni ficticia; a veces pensaba que era el inconsciente y que el mismo sistema operativo de la computadora se auto programaba con algún tipo de algoritmo para interactuar con el usuario.
Mau no sabía mucho de tecnología, de lo contrario hubiera ya dejado el puesto de capturista y tendría a su cargo todo el departamento de sistemas.
Pero, si lo fuera, ¿Tendría el tiempo para estar inmerso en la computadora para leer y escribir?

Ya vivía todos los días emocionados, sentía el ímpetu ansioso para llegar a la computadora y “leerla” y al mismo tiempo el deseo de “escribirle”.
Pero, ¿A quién? ¿A la computadora?
Sólo con este hecho, siempre se figuraba una tele transportación a su época de escolapio de secundaria. Fingía en que la computadora era “ella”… esa belleza que aún conservaba en su corazón y que hoy por los hechos de la lectura y escritura seguía viva.

¡Puta Madre! ¡Qué emoción! Poder leer a alguien y escribirle, el mismo sentimiento encontrado en dos polos opuestos.

Al lunes siguiente, encendió la computadora y leyó: “Me gustaría conocerte”.
Mentalmente quedó atrapado en un hoyo negro sin fondo y perdido durante años luz, y apenas volvió a abrir los ojos y el segundero del reloj de su pared casi no se movió.
Pareció una eternidad.
- ¿Qué respondo? – pensó. Y por algunos minutos sintió que muchas miradas estaban sobre él. Sus compañeros casi no convivían entre ellos, pues estaban todos en las computadoras trabajando como ratones de biblioteca, pero “el gran salto” que dio Mau de la silla, llamó la atención de todos.
Al día siguiente, martes, encendió la computadora. Leyó “el próximo fin de semana…”
Ya casi no dormía, vivía con ese sentimiento del placer de llegar, leer y escribir.
¿Es acaso la computadora un amor platónico? Me encantaría poder conversar con el mismo Platón y escuchar su respuesta, o por lo menos… leerla en algún post.

Pasaron muchos días sin leer. Sólo escribía con ansiedad, haciendo preguntas y no obteniendo respuestas. Habían pasado más de 11 días.
Se sentía triste, aunque pensaba que el amor platónico de la computadora fuera real o no… no era importante.
Lo único valioso es que por primera vez supo que aún tenía la cualidad de poder amar y querer a alguien, aunque no la conociera o no existiera, pero ahí estaba: en su corazón.

Aún la pensaba.
Era ya su musa.

Y el lunes de la siguiente semana, llegó a la oficina.
Encendió la computadora.
Y leyó.

Cuento: Raúl y el Sexo

RAÚL Y EL SEXO

Por Carlos Zaldívar

Terminó el partido de baseball muy temprano, antes de lo previsto. Era domingo y el marcador final fue de tres carreras a una. Raúl y sus compañeros perdieron, a pesar de que éste anotó la única carrera de su equipo.

Raúl es un joven solitario, que está a punto de cumplir los cuarenta años. Sólo y ya sin familia. Vive en una colonia cercana al Bosque de Chapultepec, rodeada de jardines, comercios y bastante tráfico.

Trabaja todo el día en una empresa ubicada en el municipio de Tlalnepantla, y por ende, sale desde temprano de su pequeño departamento hacia el trabajo. Regresa ya muy tarde y todos los días convive con un pequeño loro, que ha estado a su lado desde hace 8 años.

Fatigado, todos los días sube a su departamento, ubicado en el séptimo piso. La cena es poco común, pues el hambre va desapareciendo cuanto más cerca está de su cama.

Esa noche, de regreso a casa, circulaba por el pequeño jardín colindante con el patio trasero del edificio de su departamento; y alcanzó a escuchar gritos.

Consternado, bajó la velocidad, se estacionó frente al jardín con las luces altas encendidas y revisó hacia el fondo donde se situaban árboles pequeños. Alcanzó a divisar algunas sombras de personas que forcejeaban entre sí, y de instinto, sin apagar el automóvil tomó el bat que siempre trae en el asiento trasero.

El automóvil de Raúl era un Ford de los años setenta, mal cuidado, y lleno de bolsas vacías de frituras y restos de comida chatarra. Uno que otro envase de refresco y varias latas de cerveza vacías se podía encontrar debajo del asiento del copiloto.

Así pues, corrió sin temor alguno a lo que se fuera encontrar al final. Conforme avanzaba se daba cuenta que eran tres hombres fornidos y mal vestidos con bolso de mujer y jaloneando el vestido de aquella, seguramente para ultrajarla.

En cuestión de milésimas de segundo, Raúl no midió las posibles consecuencias y de inmediato se abalanzó contra los tres hombres. Éstos recibieron varios golpes, tan fuertes, como de cualquier “cuarto bat” en una serie mundial.

Después de cuatro o cinco golpes, estos tres mal vivientes emprendieron la huida, ya sin el bolso y sangrando, como se notaba en el piso.

Se esfumaron en la más negra oscuridad de esa noche.

Deborah regresaba de la terminal de autobuses, bastante triste y melancólica, cuando tres sujetos le toparon el paso, la intimidaron y comenzaron a quitarle sus pertenencias, para luego intentar desvestirla y abusar de ella.

Internamente, ella tenía muchas ganas de tener sexo, pero no de esa manera. Por eso mismo ansiaba el retorno rápido de la persona a quien había ido a despedir… pero faltaban ocho meses. Se había ido de imprevisto por cuestiones laborales a otro país y con apenas dos días de una relación formal.

Cuando Raúl y Deborah se calmaron, se miraron a los ojos, y ésta le agradeció infinitamente por haberse aparecido en el momento preciso, antes de alguna fatalidad. Le pidió que la acompañara a su casa y le serviría de cenar. Él aceptó de inmediato y su perversión empezó a trabajar. Por algunos segundos pasó por su mente que después de la cena podría gozar plenamente ese cuerpo tan delicado, bello y moreno que lo incitaba con el simple caminar.

Fue una noche de romance.

Han pasado apenas seis meses de aquella noche gloriosa en que Raúl defendió y salvó la vida a la mujer de quien a la fecha sigue enamorado perdidamente.

Ella era recién casada, y hoy, aún vive una virginidad que guarda el regreso de su esposo; sin saber que él ya no regresará.

Esa noche, Raúl recuerda que no tuvo sexo, pero el romance vivido en esos instantes, aún prevalece todos los días cuando se acuesta y sólo los recuerdos de Deborah lo hostigan sexualmente.

Mi Peor Pesadilla...


MI PEOR PESADILLA

La mujer inolvidable

Por Carlos Zaldívar

Finalmente averigüe como se llamaba. Mariana era el nombre que enaltecía aquel cuerpo esbelto de modelo. Rondaba los veintidós años, creo yo. No lo sabía con exactitud.

Estudiando en los primeros semestres de la carrera de Relaciones Internacionales y Comunicación, nos encontramos casualmente en la biblioteca escolar. Sólo la miré y grabé su figura en mi mente. Obviamente no me atrevía a acercarme y presentarme, así que recurría constantemente a conocidos y amigos que me pudieran ahorrar semejante pena y vergüenza (bueno, así me sentiría al acercarme a ella). Jamás lo conseguí. Pasaron semanas y continuamente Mariana protagonizaba mis sueños todas las noches… y a veces cuando soñaba despierto.

Era un encanto de mujer, o al menos eso era lo que su bello rostro me inspiraba.

Durante todo ese lapso escolar me ilusionaba el día en que la conociera y pudiéramos platicar y pasar juntos toda una noche.

Le invitaría a comer y posiblemente con más confianza la invitaría a cenar y a pasar un rato en mi departamento.

Casi siempre estaba sola, sin amigas y rara vez acompañada de un galán. Podía asegurar que era de esas chicas intelectuales en busca de su alma gemela, aquella que Laura Esquivel describía muy bien en “La Ley del Amor”, y que podía echar a andar el mejor afrodisíaco que existiese en este mundo: La Inteligencia.

Pero el miedo seguía hostigándome y todo se quedó en sueños… dulces sueños.

Antes de la graduación debía hacer realidad ese deseo. Durante todo el lapso estudiantil ella protagonizaba mis días felices y hasta los tristes, y no podía dejar escapar la oportunidad de estar con ella; de bailar y disfrutar una noche maravillosa a su lado.

Así que un día, con el cuerpo casi bañado en sudor, las manos temblorosas y el corazón al borde del infarto, me acerqué cautelosamente. Estuve frente a ella, sin hablar, durante 1 ó 2 segundos, que parecieron una eternidad en el espacio. Finalmente pude hablar:

- Hola. Vas en el otro grupo, ¿verdad?

- Hola, y tú eres…

- ¡Sí! Soy tu gran admirador, pretendiente y estoy totalmente infatuado por ti.

- ¿Sabes? Finalmente lo hiciste. Llegué a pensar que nunca me hablarías y que estaría sola en la fiesta de graduación.

- ¡Fabuloso! ¿Te encantaría pasar la noche de este viernes conmigo?

- ¡Por supuesto!

La graduación sería el sábado y una noche antes estaría con ella. Mi cuerpo se enfrío y el sudor escurría por mis pantorrillas. Me fui a casa frío, mojado y exageradamente nervioso, pero feliz. Sabía que en tan sólo dos días más, Mariana sería mía.

No dormí. En mis pensamientos Mariana era toda mía, nos disfrutábamos como dos locos enamorados sin preocupaciones y con todo el tiempo del mundo. Quería preparar una noche inolvidable para ambos, compraría vino alemán, el mejor whisky y tendría que hacer una selección musical perfecta para Mariana. ¡Que mejor si hubiera tenido la sesión cinco de los Sultans of Swing en ese momento! así que pensé en realizar una recopilación de las mejores baladas; desde Clapton, Styx, Journey, Foreigner hasta Gary Moore, Thin Lizzy y Pink Floyd entre muchos. Esa noche sería mi gran noche… y la de Mariana.

Por fin llegamos a mi departamento. Había recogido a Mariana en su casa apenas al anochecer y me di cuenta que traía una bolsa pequeña e imaginé que traía discos. ¡Genial! Pensé en disfrutarla al máximo y en hacer de esa compañía la mejor experiencia musical, romántica, amorosa y sexual de nuestras vidas. La iba a conocer a profundidad y a experimentar el amor a primera vista.

Llegamos y nos acomodamos en mi love seat. Ya la sentía como mía. Sin más preámbulos y con dos copas con exquisito vino blanco iniciamos las caricias, los besos y lentamente (muy lentamente), fui disfrutando sus piernas mientras sus medias resbalaban por mis manos. La falda larga caería después, junto con una blusa negra, sencilla y sin botones. Tenía el cuerpo maravilloso, mismo que concordaba con esa cara angelical llena de ternura y de inteligencia (lo suponía).

Recordar esos momentos aún me provoca éxtasis y me levantan la libido al máximo. Servía más vino mientras preparaba la música. Ya tenía una selección de varios discos compactos junto a la mesa de servicio. Comenzaría a colocarlos en el equipo modular mientras ella me besaba y recorría con sus labios mi espalda. Todo parecía un sueño, algo irreal. Seguía besándome y yo quería ir más de prisa, pero de pronto se detuvo… alcanzó la bolsa que supuse contenía discos y me susurró al oído:

- ¿Sabes? Quisiera que estos momentos fueran inolvidables, románticos y llenos de placer, sabor a piel, lujuria, sexo y mucha música.

- (¡Que delicia¡) – pensé –

- ¿Los puedes poner? – me comentó dulcemente – traje los nuevos discos de Intocable, Bobby Pulido, Rayito Colombiano y El Buki. ¿Si?

- ¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

Hoy, a lustros de aquella fatídica noche, todavía sueño con su cuerpo. En total silencio.

Entre Arrugas



ENTRE ARRUGAS

Por Carlos Zaldívar

Tenía que regresar temprano a casa y terminar los pendientes de la remodelación de la planta alta. Faltaba acomodar los sillones de la sala de juegos y colocar en orden toda una colección de discos compactos.

Eran las cinco de la tarde y contemplaba el caminar lento de las manecillas doradas de mi reloj. Aún faltaban treinta minutos.

No le quitaba la mirada de encima. Deborah era tan bella que todos los días, absolutamente todos los días, la disfrutaba. Coincidíamos en el elevador, en el comedor, en la sala de juntas y en otros sitios del edificio, pero nunca me atrevía a dirigirle la palabra.

Ese día era viernes y sabía que se iría con sus amigas al restaurante de enfrente. Sin hablarle y sin conocerla me sentía celoso. No quería compartir su mirada con desconocidos.

Llegó la hora de la salida y Alex, mi amigo, me invitaba a tomar una copa a un bar. Fuimos al restaurante de enfrente, porque además contaba con bar y una zona para músicos bohemios. Acepté la invitación, pues quería seguir admirando esa belleza.

Empezamos a tomar copas y a disfrutar de buenas canciones. Los intérpretes eran clientes aficionados a la música y la que más disfruté fue “Quién Te Cantará”… ¡Qué recuerdos aquellos!

La noche avanzaba, y entre copa y copa logré divisar en el otro extremo del bar, a aquella compañera de trabajo de tez blanca, aún más bella a la luz de las velas. La acompañaban otras dos amigas, y sin más ni más, aproveché la despedida de Alex para acercarme a ella e invitarle una copa. Esas bebidas eran totalmente desinhibidoras. El valor se apoderó de mi alma.

Sería medianoche muy pronto y platicaba con ella. Disfrutaba de sus palabras y me deleitaba con sus labios en la copa y su mirada en mi rostro. Una copa más.

Sus amigas se habían ido y quedábamos los dos solos, escuchando las guitarras, ahora al ritmo de “Cielo Rojo”. La líbido estaba en crecimiento y mi deseo por ella aumentaba segundo a segundo.

La música terminó, había gente parada despidiéndose y por un segundo la perdí.

Se me acercó y me pidió que le invitara una copa más. Bebimos y le regalé una rosa acompañada de un beso.

Trataba de controlar mi equilibrio, pues la había invitado a una velada más romántica e íntima, con más música. Accedió sin titubear y caminamos a mi casa.

Me sentía aceptado y reconocido, pues ella accedía rápidamente a todas mis propuestas. Apenas había pasado media hora de estar en casa y ya habíamos bebido media botella de un delicioso vino alemán. De fondo musical estaba “Parisienne Walkways” y ambos estábamos muy a gusto disfrutando uno del otro.

Sólo recuerdo el delicioso arrastre de las sábanas por mi cuerpo, sus manos recorriéndome la piel, sus labios en mi pecho devorándome y sus piernas entrelazadas a las mías. Deliciosa noche.

La sed y el ansia por quitar el dolor de cabeza me despertaron. En mi interior todo me daba vueltas y las entrañas me revoloteaban por doquier.

Abrí los ojos y ahí estaba, respirando tal cual ser vivo conectado a una respiradora artificial. Sus arrugas en todo el cuerpo y sus “patas de gallo” me decían que por lo menos su edad era de más de sesenta años. La desesperación me aniquilaba. Quería regresar el tiempo y no haber probado gota de alcohol, y mucho menos llevarme a esa “viejecilla” a mi nido de amor, siempre reservado para Deborah.

Las arrugas de las sábanas eran mucho más finas que las de ella. ¿Dónde estaba Deborah?

El lunes me levanté temprano. Llegué al trabajo y por un pasillo pude ver que caminaba hacia mí. Simplemente bajé la mirada.

Poem: Soledad

SOLEDAD

Carlos Zaldívar

Despierto solo. El tiempo va deprisa y contemplo las manecillas. Sé que tengo que levantarme. No hay sol, tan sólo unas nubecillas grises y la esperanza de que no llueva.

Hay mucho silencio y no hay televisión con noticias para escuchar. El silencio agobia. Me levanto y enciendo el radio. Hay buena música.

Volteo y nadie está a mi lado, nadie hace ruido con la secadora. Ésta se encuentra en su cajón y lentamente se llena de polvo. No se utiliza.

Es tarde y sé que tengo que salir. Camino despacio hacia la avenida. Uno de tantos microbuses se encargará de llevarme a la estación del metro. Durante el camino observo que la gente lleva prisa, va corriendo. Otros, mientras tanto, se preparan para instalarse en la esquina y vender desayunos muy baratos y nada nutritivos.

Durante el viaje, prefiero cerrar los ojos, evitar la total apatía de los conductores vecinos. No existe convivencia entre vehículos ni transeúntes. Así es la ciudad. En los vagones del metro es igual. Camino lentamente, sé que ya se hizo tarde, y espero llegar pronto por el café mañanero.

Llego finalmente al trabajo. Frente a la computadora me siento como en otra dimensión. No sé que hacer ni como empezar porque no sé en donde me quedé. Empiezo a divagar y prefiero distraerme en el periódico con las recientes noticias de este planeta y de la porquería de ciudad en que vivo.

El reloj marca las diez horas de la mañana y no avanzo. ¿Qué motivante puedo obtener para avanzar?

Así pasa el tiempo y llega la hora de la comida. - ¿Sigues atrasado?- Me preguntan.

El zapatero, quien lleva algunas décadas en la misma esquina, parece no inmutarse ante las circunstancias que lo rodean. Sólo obtiene lo suficiente para sobrevivir.

El bolero de la contra esquina, igualmente. Camino y pienso: ¡Tan fácil que sería vivir así!

Más bien sería tan fácil que no valdría la pena vivirla. Si las cosas fueran fáciles…

Regreso sólo con la prisa y el ansia de que el reloj marque las dieciocho horas. Quiero salir rápido, llegar temprano a casa y dormir. Quiero apresurar el reloj. Ya falta poco.

Duermo tranquilo, o al menos eso pienso, y la cama sigue igual. Todo es material…. Sin esencia.

Entre sueños y pesadillas pienso en ti. Quiero detener el tiempo pero la alarma del reloj me despierta antes de que yo quiera. ¿Por qué otra vez?

¿Acaso no estaba acostumbrado a estar solo?

Y así han pasado estos últimos días. Me falta la persona que contribuye a la armonía de mi vida. Me falta eso precisamente: El motor de mis sentimientos… eso sí, aunque nos enojemos de vez en cuando, pero si no, pues que razón tendría seguir solo.

El futuro que nos depara lo estamos forjando. Sólo quiero y pido a nosotros mismos y a Dios que el Amor nunca nos falte, que la paciencia, la tolerancia y la buena convivencia siempre estén presentes.

Por que tan sencillamente es sentir: TE AMO. Y todo lo que conlleva este amor, como cariño, pasión, entrega y deseo.

Por siempre.

C. 101901.

Jesucristo en México

EN UNA BAJADITA

Por: ¿Quién Creen?

Entre tantas cosas que debo hacer y miles más que me piden, hice un breve paréntesis e inicié una reflexión sobre la más grande y hermosa creación.

Me puse Offline y apagué mi Laptop. Ipsofacto, me levanté de mi cubículo, mire mi reloj, calculé el tiempo y sin más pensamientos en mi cabeza decidí hacer una bajadita a esa minúscula masa de tierra.

Durante el transcurso y con la prisa de decidir mi destino exacto, me dejé llevar por la suerte y caí en tierras donde pasé algunas aventuras, anécdotas, experiencias y corajes; que detallaré a continuación.

Como cualquier extraño en tierras ajenas, llegué a lo que podría pensarse que era una “posada amigable y conocida”. En efecto, llegué y quedé sorprendido. Era la casa de mi señora Madre. Pero la sorpresa se desvaneció después de un breve lapso. Increíblemente observé la gran cantidad de actividades ilícitas que se realizan ahí. Cientos de personas (merolicos, limosneros, ambulantes y uno que otro raterillo) invaden ese lugar tan preciado por miles de fieles. La mercadotecnia invade el recinto sagrado. Me dio bastante vergüenza e inmediatamente (antes de que me reconocieran) me puse la gorra de los Yankees, hasta cubrir mi frente por completo. Seguí caminando y me topé con una fila enorme de gente ignorante, que todavía piensa que “tienen que sufrir por mí o por mi Padre”, desconociendo que nosotros sólo queremos lo mejor para ellos; además de cuidar de su felicidad y bienestar. No tienen que lastimarse para llamarnos. Las lágrimas no pude evitarlas. Los días pasaron.

El sol iniciaba su retirada y decidí hacer lo mismo. Me trasladé a un recinto al aire libre, donde ya me habían comentado que el hombre se comportaba como en la época de barbarie. ¡Ah! ¡Qué recuerdos de aquella época! Todo lo que luché para que evolucionaran y hoy veo que muchos siguen igual.

En ese recinto, al que llaman estadio, se realiza un deporte (no recuerdo su nombre) que supuestamente quiere ser más famoso que yo. Y para muchos sí lo es. Me impresionó que al llegar ahí comencé a recibir miles y miles de plegarias.

Me ponían en conflicto conmigo mismo, ¿A quién le iba a hacer caso? Unos me decían que les ayudara a ganar y los contrarios igualmente. Decidí hacer caso omiso y ellos seguían igual. Finalmente creían que yo los estaba ayudando. Ganaran o perdieran. Más aún, cuando un homo sapiens aumentó el score a favor de su equipo, me quedé pasmado y la vergüenza se apoderó de mí nuevamente: para festejar la anotación, dejó ver su camiseta interior, en la cual (¡aún no doy crédito!) mostraba la imagen de mi Madre. ¡Increíble! (de no creer). ¿Cómo es posible que un ser mamífero de tal especie, muestre esa imagen tan sagrada? ¿Y los que no la conocen? En fin, esa acción pasa de lo sagrado y puritano a una blasfemia vil y comercial, además de ser intolerable. Pero ellos, lamentablemente no lo saben.

Estuve ahí. Unos me rezaban y los contrarios también. Ese conflicto conmigo mismo desapareció. Me fui sin saber el resultado y con la certeza de que el ganador me lo agradecería infinitamente.

Bien me lo ha suplicado Arturo Huizar: “…Por piedad, bájate de esa cruz, pues tus hijos se matan con su propia mano…” Hoy, metafóricamente la mano del hombre tiene miles de armas. Unos contra otros y contra los mismos. Y aquí estoy.

Caminando y pensando por lo que he vivido, me cruzo con cientos de personas. Voy detrás de ellas. Parece que manifiestan algo o a alguien. No lo sé aún.

Me adelanto. Observo. Parece una peregrinación (en mis tiempos así le llamábamos). Pregunto y me contestan afirmativamente. ¿Cómo pueden manifestarse de tal manera, si están perjudicando a terceras personas? Y Además vienen lastimándose a sí mismos. Ni mi Padre ni yo somos castigadores. ¡No es necesario que se lastimen! ¡Quiero ayudarlos!

Me detengo y me siento a llorar y a pensar.

Uno de ellos se para junto a mí y me dice que es sacerdote. (- ¡Ah, sí! Pensé. Él me podrá ayudar -) Lo escucho y mi tristeza aumenta sigilosamente, sin ser extrovertido. “Mire, acompáñenos. Por marchar, nos van a dar un dinerito. Una parte para la Iglesia de mi comunidad y la otra para todos nosotros. ¿Cómo la ve?”

Me negué, y aún así me dio de beber.

Me terminé mi Pepsi y seguí con mi aventura.

Tomé un autobús con destino desconocido. No sé dónde estoy. Camino y sigo pensando. Siento que alguien me llama. Me aproximo a un pequeño grupo de personas. Están observando un árbol y rezando. Me acerco y pregunto.

La ignorancia prevalece en ellos. Dicen que han descubierto la imagen de mi Madre impresa en aquel tronco.

En el tronco se aprecia una imagen amorfa. Se ve una silueta “muy parecida” (simples ramificaciones), pero ellos ven lo que quieren ver. No interrumpo.

Muchos habitantes de esta tierra, me dedican su vida entera, tanto en aciertos como en errores. Yo simplemente quiero apoyarlos. Ellos mismos son dueños de sus destinos. Yo, sólo los apoyo.

Parece que mi religión se está deteriorando, pero finalmente saldrá avante. El gran obstáculo es lo que llaman “Iglesia”. La “Iglesia” de hoy es un grillete político, económico y comercial de la Religión. Sé y he entendido que todos debemos modernizarnos (algunos dicen globalizarnos), pero nunca caer en la degradación.

Cuando Marx escribía que “se debe evitar la destrucción del hombre por el hombre”, llegué a pensar que estaba equivocado; pero hoy, mi opinión es diferente.

Lo viví. Estuve presente (y aún lo estoy) en miles de batallas y en cientos de guerras. Hoy los motivos me causan dolor, son tan patéticos como la mismísima solución. Las batallas siempre son por poder, por posesión de tierras y lo peor es que hay más por “Religión”.

Si todos somos hijos de mi Padre, todos somos iguales. Unos creen en mí y viven felices, otros no creen y también viven felices; pero existen muchos otros que fallecen por creer en mí. También otros tantos viven tristes, creyendo o no.

El engaño de muchos pseudo limosneros. Utilizan mi imagen o la de mi Padre para obtener dinero. Esto es inaudito. Y peor aún porque hay unos que otros seres que les llaman delincuentes, y tienen la osadía de rezarme para que sus fechorías tengan éxito. ¡En verdad! ¡Cómo me duele ver esto!

Unos tienen y quieren más, otros no tienen y quieren lo mínimo. Los ayudo pero no se ayudan a sí mismos. No es suficiente con plegarias para mí, además de eso, tienen que trabajar y ayudarse a sí mismos, pues mi ayuda es implícita.

Hoy, (como diría Nietzsche) prevalece el nihilismo, y el principal valor de casi todos es el papel. Un papel con el que hacen trueques (como en mis tiempos); o plásticos, que representan al tal papel. Dicen que ese papel es del mismísimo enemigo mío.

Antes, a la primera plegaria que recibía, estaba listo para dar apoyo, consuelo y ganas de salir adelante. Pero hoy, todo ha cambiado. Tengo que verificar antes cada plegaria. Me he cansado de estar bajando a cada rato y ver que es tanta la ignorancia que por cualquier evento sin trascendencia me quieren de inmediato. Simplemente, escucho, observo, verifico y analizo: Ayudo y consuelo o simplemente me río, (eso sí, porque tengo un buen sentido del humor).

En esta “bajadita” en que me aventuré llevo ya cincuenta años. He recorrido miles de kilómetros y concluyo que el humanismo y los valores ya casi no existen. Pareciera que mi enemigo acérrimo Belcebú está ganando la batalla. Pero todos sabemos que la guerra final la ganaré yo. Regresaré a mi lugar. A la derecha de mi Padre.

Me doy cuenta que no es lo mismo estar allá abajo, a simplemente observar desde las alturas. Mi apoyo lo tendrán siempre incondicional. Los ayudaré en todo lo que pueda y lo que esté a mi alcance, siempre y cuando no me coloquen en conflicto, porque en verdad es patético que me recen en un maldito deporte (perdón por el adjetivo) cuando estoy atendiendo enfermedades, hambrunas y guerras en muchos lugares de la Tierra. Un bello planeta que se está acabando.

Y al parecer así seguirá, por los siglos de los siglos.

Atentamente,

Jesucristo.

Septiembre del 2001.

Sacerdote vs Freud

GENARO VS SIGMUND

Por Carlos Zaldívar

El ego contra el súper ego; el yo contra el súper yo y contra toda divinidad que se interponga entre “yo” y mi “súper yo”. Ponerlos en conflicto sería absurdo.

El padre del psicoanálisis, quien en su juventud era aprendiz de Nietzsche, es considerado en la actualidad como un genio y quien se atrevió a afirmar hipótesis que con el tiempo se hicieron leyes.

Hoy en día, Freud, merece nuestro más amplio respeto y admiración, aún cuando fuera ateo.

“Cualquier evento natural” del cual no tengamos explicación justa, se la atribuimos a un Ser Supremo. Lo inexplicable se lo debemos a ese ser. Esto es el origen de la invención de los Dioses.

En tiempos de la inquisición, quien fuera a imaginar que se pudiera comprobar casi todo científicamente.

Así como Galileo, Bohr y otro tanto de personas más, fueron considerados como “locos” o “demonios”. Hoy, siguen siendo grandes científicos que revolucionaron el avance de la ciencia y la tecnología.

Y de la misma manera se avanzó en la psicología, en el estudio del pensamiento, de nuestro cerebro y sus acciones.

El estudio de nuestros sueños, emociones, instintos y acciones derivadas de las mismas se conjuntan en la psicología y en el análisis profundo de la mente. Sigmund Freud es un genio.

Por otra parte, en la actualidad, el Catolicismo se basa en hechos científicos y comprobaciones exactas; ante todo al corroborar cuando un “milagro” es tal, y así tergiversar hipótesis que surgen en nuestra vida cotidiana. El Vaticano se rige por hechos científicos e hipótesis demostradas en un cien por ciento; y en su defecto declara abiertamente como “milagro” al evento por estudio.

Pero ambos casos son cuestiones totalmente aisladas. Ciencia y Religión. ¿Quién (demonios) se atrevería a criticar a S. Freud como loco, insano y equívoca persona (además de ateo)? Sería casi imposible que esto sucediera. Pero así lo fue. El párroco de una pequeña iglesia de mi comunidad, el Padre Genaro, tuvo la osadía de hacerlo. ¿Acaso pensó que todos éramos retardados mentales, analfabetas? O ¿Pensó que vivimos en la Inquisición, todavía?

El origen del hombre es un misterio asombroso. Tanto para Darwin como para Jesucristo. Las hipótesis ahí están y perdurarán por demasiado tiempo.

Lo mismo con aquella afirmación del domingo reciente: “La oración es platicar con Dios”; pero también “La oración es una súplica del ego al súper ego”. Aquí están las hipótesis y también perdurarán por mucho tiempo. No se mezclan y las dos son válidas. ¿O no?

Puedo concluir que Freud fue hijo de Dios, y que éste le dio poder amplio para avanzar en sus investigaciones y que el ser humano fuera más congruente en su vida. Aunque Freud no lo hubiera aceptado.

¿Qué le criticaría Genaro a Nietzsche?

Al César lo que es del César…

Carlos Zaldívar

Agosto 1°, 2001.

Cuento: Los Imanes (Excelente colaboración)

LOS IMANES

Por Alejandro Corral

“La imaginación es más importante que el conocimiento”

Albert Einstein

“HOY D0S”, decía el mensaje del refrigerador formado por los imanes que había regalado a mi hija. Consistía en las veintisiete letras del abecedario y los diez números universalmente aceptados. Cuando sucedió por primera vez, no le tomé importancia. Pensé en mi pequeña de cuatro años; asistía al kinder y comenzaban a enseñarle algunas palabras. Dos días después del incidente, nuevamente apareció un mensaje: “HOY CINC0.” Comencé a sentir algo de curiosidad. Mi retoño estaba ya en su cuarto, a merced del dios Morfeo, así que mi duda se alargaría por una noche más.

“No soy yo papá, es mi amigo Silverio. Le gustan mucho las galletas y cuando pone un mensaje lo hace para que sepamos cuantas se ha comido.” Mi pequeña tiene una imaginación extraordinaria y no quiero por ningún motivo corromperla con estúpidos regaños o conjeturas.

Los mensajes siguieron repitiéndose de manera regular. “HOY TRES”, “HOY SIET3”, cuando más hambre tuvo “Silverio”. Mi esposa nunca se enteró de esta comunicación secreta entre nosotros. Las migajas siempre aparecían en su cuarto al día siguiente del mensaje.

Comenzamos una especie de ritual. Yo escondía el tarro de galletas en un lugar distinto cada día, contaba las galletas y de acuerdo al mensaje, validaba el resultado final. Siempre exacto. Al principio escogí lugares de fácil acceso, sin embargo, viendo la simpleza para descifrarlos, ubiqué algunos escondites menos accesibles. Siempre los encontró sin la menor dificultad. En una ocasión escondí el preciado tesoro en la parte alta del clóset. Inaccesible incluso para mí, ya que fue necesario el uso de una escalera. Mismo resultado. Con mucha curiosidad pregunté a la pequeña traviesa cómo había hecho aquello. Su respuesta fue la misma: “Yo no soy papi, es Silverio”.

“Hablemos pues del famoso Silverio”, le dije. Me contó sobre su gusto a las galletas, a los soldaditos de plomo y sobre todo a jugar a las escondidas. Tenía la misma edad de macuca (como decíamos de cariño a la niña). Había que admitir algo: la historia estaba muy bien planteada para una pequeña de cinco años. En fin, el juego de las galletas siguió por un buen tiempo.

Un día, mi esposa y yo salimos un momento a comprar algunas provisiones para la despensa. No tardaríamos mucho y la niña estaba dormida. Al regresar, para nuestra sorpresa y preocupación, su cama estaba vacía y no había señas de ella por ningún lado, bueno casi por ningún lado. En el refrigerador un mensaje decía: “CON ABUEL0”. Mi suegro vivía a dos cuadras de la casa. Hablamos a su morada y para nuestro alivio, macuca estaba comiendo leche y panquecitos con los abuelos. Del susto no pasó, afortunadamente.

Otra ocasión, mi esposa y mi retoño salieron de viaje a visitar a una de mis cuñadas. Estarían fuera dos semanas y tendría la casa a mi entera disposición. Se organizaron varias partidas de dominó y una carne asada el domingo. Había que aprovechar esa singular soledad. Uno de esos días noté otro mensaje: “GAL1ET4S DON9E”. Al verlo, supuse un mensaje de macuca. El tarro estaba vacío, así que para no olvidar llenarlo, puse algunos deliciosos manjares infantiles en él. Al día siguiente en el refrigerador se leía: “HOY CUA7R0”. Solté el vaso de leche que me había servido. Estaba completamente solo en esa casa. Corrí al cuarto de mi hija y ahí estaban: migajas regadas en el piso. Regresé a la cocina, tomé un cuchillo grande y comencé a preguntar ¿quién anda ahí? Los imanes comenzaron a moverse. “SILVER1O”. Notablemente asustado volví a interrogar ¿qué quieres de mí? Los magnetos volvieron a cambiar de posición. “GAL1ET4S”. Con un susto del carajo, le pedí no hacerme daño. Nuevamente los imanes formaron una nueva oración: “YO BUEN0”. Más tranquilo, debo admitirlo, formulé otro cuestionamiento: ¿por qué estás aquí”. Los imanes se acomodaron nuevamente: “HERMANITO”. Seguí preguntando, pero los magnetos no volvieron a moverse. Como han de imaginarse no dormí tres noches seguidas.

Llegaron mis dos mujeres y no hice comentario alguno de lo sucedido. Hubo sin embargo una noticia por parte de mi esposa. Seríamos padres por segunda ocasión. Pregunté a macuca sobre cómo se sentía. Contestó: “Ya lo sabía, Silverio me lo dijo”. Mi esposa levantó los hombros en señal de incertidumbre.

En la noche volví a hablar con mi hija. Sereno le cuestioné sobre Silverio, quien se había convertido en el personaje más importante en mi vida. Le pregunté cosas como ¿Lo has visto? ¿Se ha comunicado contigo? ¿Cómo lo conociste? Ella, algo confundida por mi insistencia, me abrazó y me dijo: “Es mi ángel de la guarda, me lo dijo”. Resolví pues no insistir más. Los mensajes en el refrigerador continuaron de manera regular durante todo el estado de gravidez de mi esposa. Dos semanas después del incidente que me puso los pelos de punta, se me ocurrió preguntarle a macuca sobre su preferencia de sexo para el bebé en camino. Ella, tranquila, dijo: “es niño papá, ya lo sé”. No me molesté en preguntarle cómo podía asegurar tal cosa.

El embarazo de mi mujer transcurrió de manera normal, así como la vida en la casa. Salvo los mensajes en el refrigerador, todo era perfectamente estable, tranquilo. Nació el pequeño una tarde de verano. La comunicación con los imanes cesó. Macuca estaba muy contenta con su hermanito, al que pusimos por nombre Oscar (estuve meditando muchas veces ponerle Silverio, pero al final desistí de la idea.) Un bebé muy tranquilo, casi no lloraba.

Una calurosa tarde de Junio, cuando tenía unos ocho meses, estaba en su andadera recorriendo toda la casa. Se detuvo frente al refrigerador y se quedó observando fijamente los imanes. Macuca lo observaba y los bajó, de tal modo que pudiera alcanzarlos. Vi que empezó a jugar con ellos. Al acercarme a la escena noté un orden singular en los magnetos, pero no alcanzaba a distinguirlos bien. Me estorbaban las manos del pequeño Oscar. Al retirarlas le pregunté, jugando, sobre lo que había escrito. Créanme esto: en una situación normal, alguien, cualquiera, habría tirado el vaso de leche como yo aquel día. No era el caso conmigo. Comprendí algo, ese pequeño ser de apenas ocho meses sería por siempre el ángel guardián de mi hija. El mensaje decía: “SOY 5ILVER10”

Alejandro Corral (Mayo 2000)

No Soy...



NO SOY…
Por Donaciano Fabián Guzmán

Lucio entró a una cantina del Eje Central y rápidamente se dirigió al lugar más alejado de la rockola que escupía una canción de Vicente Fernández. Una mesera gorda, enfundada en una blusa escotada y en una mini, que a pesar de las medias delataba una avanzada celulitis, se acercó a su mesa para atenderlo. Lucio pidió una cerveza oscura. “Orita te la traigo, mi rey”, le dijo en un tono vulgar y coquetón.

Cuando le daba el último trago a su tercera cerveza, se dio cuenta que frente a él, de pie, se encontraba una mujer. Le pidió permiso para sentarse. Lucio asintió y llamó a la mesera para que le trajera algo de tomar, pero ya no vino la gorda; en su lugar vino un gay. “Susy terminó su turno”, le dijo, “pero yo estoy para servirte”. Le indicó que atendiera a la mujer: ella pidió un whisky; él, otra cerveza.

Una vez que se alejó el mesero, Lucio pudo observar con detenimiento a su acompañante. Se veía grande, como de cuarenta años. Un vestido blanco se pegaba a su piel, dibujando un cuerpo jugoso; unos exquisitos y generosos senos se apretaban bajo la tela. Apenas un poco de rímel en los ojos era todo el maquillaje; sin embargo, sus labios eran carnosos y sensuales. Cuando la mujer se dio cuenta de que Lucio la observaba, abrió la boca para decir algo, pero la detuvo la presencia de mesero afeminado que llevaba el whisky que había pedido y la cerveza de Lucio.
“Provecho”, dijo el mesero a la mujer antes de retirarse.

Apenas dio media vuelta el “gay”, la mujer lanzó a bocajarro la aclaración: “No soy puta cualquiera, ¿me entendiste?”. “Nadie lo ha dicho”, contestó Lucio, “pero es que un cuerpo así nadie puede dejar de admirarlo”.
“Bueno”, dijo ella con desinterés. Luego vinieron las preguntas de rigor; la presentación, pues. Estrecharon manos y así encendieron la mecha de la confianza.

Ella comenzó a contar parte de su vida y la manera en que había ido a parar a esa cantina. Lucio la escuchó con atención; poco pudo hablar, porque después de que ella narró los últimos años de su vida, sus bellos ojos cafés se llenaron de lágrimas.

Le dijo que él fácilmente podría ser su hijo, aquel que abortó cuando tenía quince años. Le confesó que no le dolía haberlo hecho en sí, sino que la hubieran obligado a hacerlo. Después de ése había tenido dos abortos más; el segundo, porque no deseaba el fruto de su vientre y el tercero porque, según el ginecólogo, su vida corría peligro.

“Pero no soy puta”, volvió a decir, “lo que pasa es que yo he querido vivir a mi manera; doy clases de aerobics; por eso me mantengo en forma”. “Y vaya forma”, pensó en sus adentros Lucio. También le habló de los derechos de la mujer a ser tan libre como el hombre: ¿Por qué un hombre puede ir a una cantina y estar ahí hasta altas horas de la noche y la mujer no?

Le explicó que esa noche ella y una amiga suya habían decidido irse de parranda, pero que su amiga nunca llegó al lugar de la cita, así que decidió lanzarse sola a la aventura. Con precaución le enseñó una 38 especial que guardaba en su bolso de mano.

Hablaron de las obras de Simone de Beauvior y de los ensayos de Julia Kristeva. Resultó que además de ser instructora de aerobics era maestra de literatura en una preparatoria de Cuernavaca.

Después de varias cervezas y whiskys salieron de la cantina casi a las dos de la mañana, tambaleándose, abrazados, cuidando que ninguno de los dos tropezara.
Tomaron un taxi y se dirigieron a un hotel, cerca de El Nacional…

Publicado en:
Revista Nueva Época
Septiembre de 1992
LA LETRA ABSUELTA