La tentación de un primer beso
Ale:
Quisiera confesarte, aunque quizá debería
hacerlo en voz baja, acercándome lo suficiente para que mis palabras se
conviertan en un secreto entre tú y yo.
A veces imagino el momento en que estemos
frente a frente, cuando ya no haya una pantalla entre nosotros, cuando pueda
mirarte a los ojos y descubrir si tu sonrisa tiene ese mismo poder de cerca, si
tu voz suena todavía más dulce y si el silencio entre los dos puede decir todo
aquello que las palabras no se atreven.
Me pregunto si sentiré nervios al tenerte tan
cerca. Si mis ojos sabrán disimular lo mucho que me atraes. Si tú notarás que,
detrás de mi sonrisa tranquila, habrá un corazón intentando comportarse con la
dignidad de un caballero mientras mi imaginación hace de las suyas, mucha
imaginación.
Porque hay miradas que acarician sin tocar,
sonrisas que despiertan curiosidades peligrosas y mujeres que, sin siquiera
rozarnos, consiguen habitar nuestros pensamientos de una manera deliciosamente
irresistible.
Y tú, Alejandra, tienes algo de eso.
Me gustaría descubrir la magia de estar a tu
lado, escuchar tu risa, admirar tus gestos y encontrar ese instante en el que
una conversación cualquiera se convierta en algo especial. Ese momento en que
nuestras miradas se encuentren un segundo más de lo normal y ninguno de los dos
tenga demasiada prisa por apartarla.
Y entonces…
Quizá me acerque un poco, despacio, sin
interrumpir la magia de ese instante. Quizá mi voz se vuelva más suave y mi
sonrisa revele lo que he intentado disimular durante toda la conversación en
línea.
Porque ya es momento de pasar de un “me caes
bien”, a un “también te amo”.
No necesitaría grandes discursos.
Tal vez bastaría una pregunta hecha con
ternura, una mirada cómplice y la valentía de dejar que seas tú quien decida si
también deseas acortar esa distancia.
Porque confieso que, me encantaria besarte.
No de cualquier manera, ni por la simple
emoción de un primer encuentro. Me gustaría ese beso que nace cuando dos
personas realmente quieren encontrarse; ese que comienza con una sonrisa
tímida, se anuncia en los ojos y hace que el mundo parezca concedernos unos
segundos de absoluta intimidad.
Un beso sin prisas, sin exigencias, sin
necesidad de demostrar nada. Un beso que diga: me gustas, me atraes, me
encanta estar aquí contigo y quisiera que este instante durara un poquito más.
Y después, quizá, un abrazo en el que podamos
quedarnos unos segundos adicionales, como si ninguno quisiera ser el primero en
regresar a la distancia que existía antes.
¿Sabes qué me parece verdaderamente seductor,
mi amor?
Que el deseo no siempre necesita desnudarse
para hacerse sentir. A veces basta la cercanía de dos personas, el perfume que
queda suspendido en el aire, el roce accidental de unas manos y esa deliciosa
incertidumbre de no saber si la próxima sonrisa terminará en una confesión o en
un beso.
Me atrae imaginar que algún día podamos
compartir esa complicidad: mirarnos con ternura, provocarnos con una sonrisa,
descubrir nuestras pequeñas debilidades y aprender, poco a poco, qué hace latir
más deprisa el corazón del otro.
Porque para mí, la sensualidad más hermosa no
consiste solamente en desear una piel; consiste en desear la cercanía de una
persona, su confianza, su manera de reír, su voz cuando habla bajito y esa
expresión tan particular que aparece cuando se siente verdaderamente a gusto
contigo.
Y si alguna vez consigo que te sientas así a
mi lado, Ale, ya tendré un motivo para sonreír, y por siempre.
Aunque, entre nosotros, hay algo que no voy a
negar:
Si llega ese día en que estés frente a mí,
tan cerca que pueda perderme unos instantes en tus ojos, espero encontrar el
valor para decirte cuánto me gustas…
Y espero que, después de escucharme, seas tú
quien sonría, se acerque un poquito y me haga olvidar todas las palabras que
había preparado.
Porque hay besos que uno imagina durante
mucho tiempo.
Pero hay uno, Ale, que me gustaría dejar de
imaginar:
El tuyo.
Y después, nos fundiremos en nuestras pieles,
toda la noche.
C.


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